martes 26 de enero de 2010

Incendio

Mi mamá un día me dijo que nunca jugara con fuego, pero eso fue hace mucho tiempo. Ya soy adulto, sin embargo, siempre me ha ganado la curiosidad de probar cosas nuevas. El fuego, como tal, siempre se me ha hecho el mejor broche de oro de mis aventuras. Me gusta divertirme y disfrutar, todo con su respectiva moderación, pero respecto al fuego, el placer siempre ha estado presente.

Mi mamá nunca se enteró que un día junté todos mis juguetes de la infancia y, con los cerillos de la cocina, poco a poco les prendí fuego. Fue un espectáculo espléndido: los botones que sustituían los ojos de mi osito, se derretían y deformaban la mirada dulce con la que me miraban; sus sonrisas inocentes se derretían formando muecas grotescas típicas de una película de terror; sus cuerpos se reducían a nada mientras se alimentaban las llamas, y sus vidas se consumían rápidamente en el centro de la hoguera, viajando hacia arriba, inmersas en una nube negra.

No olvido el placer que me dio, no lo olvido porque hasta la fecha lo sigo haciendo. Esta vez, no son los juguetes los que se retuercen y se deforman, sino los cuerpos desnudos y sensuales de aquellas mujeres que vaciaron mi ser con tremendo deseo y necesidad. Las amarraba, las poseía, gritaban, gemían, disfrutaban de mí y cuando llegaba el final, se quedaban tendidas sobre la cama, sudorosas y extasíadas. Al momento en el que cerraban los ojos y se mordían los labios, buscaba la botella de whisky.

La abría con los dientes mientras desnudo me paraba enfrente de la cama en donde ellas seguían amarradas. Le daba un trago a la botella y el segundo se los escupía en todo el cuerpo. Veía correr las gotas del color ámbar sobre la piel y repetía la acción. Algunas veces, en ese momento, me daba un impulso de recorrer mi lengua por el abdomen, disfrutando del whisky combinado con el sudor, las besaba y me apartaba. Les acababa por vertir todo el whisky, ellas sonreían, cada una de ellas, cada una de esas antorchas sensuales que conseguía alguna que otra noche. Les parecía excitante, pero no tanto como a mí.

Con un cerillo prendido en la mano y ya con pantalón y camisa, las contemplaba. Sus expresiones cambiaban de un momento a otro, dejaban de sonreír, ya sentían el miedo. Tratando de desamarrarse, con desesperación y lágrimas en los ojos, se movían como lo habían hecho conmigo entre sus piernas.

Me excitaba y lanzaba el cerillo. Sus caras se deformaban grotescamente, sus ojos perdían su brillo; sus labios sensuales propagaban gritos; sus cuerpos se consumían en el centro de la cama, y su alma se escapaba viajando hacia arriba, inmersa en una nube negra que se escapaba por la ventana.

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