martes, 26 de enero de 2010

Tomás

En una mañana soleada, Tomás, un niño peculiar de ocho años recién cumplidos, salió a su jardín para recostarse en el césped y empezar a divagar.Tenía el cabello oscuro y brillante que contrastaba e iluminaba su faz y, ojos verdes del tamaño de una nuez, que, por muy picarescos, siempre decían la verdad. Su sonrisa era infantil y sincera pero algunas veces la esconde, como el día de hoy.

Está triste. Siente que no hace nada sobresaliente como sus compañeros de la escuela: Omar, por ejemplo, es el mejor en la clase de deportes (siempre gana todas las competencias entre los demás del salón, las que sean); Pablo es la estrella de la clase de ortografía (en todos los exámenes, saca 10); María, sin duda, es una "pistola" en la clase de matemáticas (todos la consideran una "ñoña", pero Tomás verdaderamente la admira), hasta Sarita, la niña más bonita del salón, puede hacer las más grandes, mejores y perfectas bombas de chicle (un día Tomás lo intentó, pero el chicle se le cayó y todos se burlaron de él). Él nunca ha hecho nada "padre". Una vez estuvo a punto de ganar el concurso de ciencias, haciendo un magnífico volcán efervecente, pero como siempre, se le olvidó empacar en su mochila las pastillas por andar leyendo hasta tarde, historias de Indiana Jones. Ese día, cómo maldijo al Dr. Jones.

Se encontraba viendo al cielo, cuando por fin algo se le cruzó por la cabeza: "¡Claro! Seré como Indiana Jones. ¡Seré un arqueólogo!". Se levantó y salió disparado hacia su recámara. Diez minutos después,y él ya estaba vestido con su disfraz de Indy Jones, que su mamá le había comprado el año pasado.

Con pala y cubeta en mano, salió de nuevo al jardín. Contó tres pasos de donde estaba la tumba de "Marvin", el gato de su hermana, que se murió tras confundirse con los peluches que estaban sobre su cama (qué iba a saber él que el gato estaba ahí cuando aventó su mochila al llegar a casa).

Comenzó a cavar, "duro y dale, duro y dale". Por fin tocó algo extraño: unos guijarros blancos, cubiertos y recubiertos con tierra mojada y lombrices; no se podían identificar en el momento, entonces, Tomás fue extrayendo estos restos tan extraños, los fue limpiando cuidadosamente y el corazón le comenzó a acelerar.

-Son huesos...- murmuró atónito, mientras sostenía un pequeño cráneo con diminutos dientes afilados. Sus ojos se le iluminaron y siguió cavando.
-He encontrado un..¡dinosaurio! - exclamaba emocionado, mientras se imaginaba la noticia en el periódico, publicando su joven descubrimiento.

Confrome iba cavando y descubriendo más de aquellos restos, se sentía cada vez más incómodo, algo le resultó familiar: encontró el pequeño collar de su iguana, Óscar, que hace ya unos meses, "salió de vacaciones a la playa", según sus papás.
Sintió que se le revolvía la panza, y poco a poco fue uniendo las piezas de un rompecabezas muy confuso.
No era un dinosaurio lo que había encontrado, era su mejor amigo, su mascota, era Óscar, su iguana.

Instructivo de "qué hacer cuando se escapa un globo de la mano"

Primero, maldígase por lo estúpido que es usted por no haber leído previamente, las instrucciones de "cómo asegurar muy bien un globo a una mano". No se desespere, usted siga las instrucciones.
El primer paso, es visualizar el globo, diferenciarlo entre los azules del cielo. No se ponga a contar cuántos son, son muchos, porque de una manera u otra usted perderá el tiempo. Una vez visualizado, corra hacia él, sin intentar volar ( ¡que usted no es un pájaro!), y trate de identificar el punto más alto al que pueda subir. Sin perder de vista al globo, trépese al punto alto con un salto de desesperación por salvar aquel objeto en peligro. Imagínese que tiene superpoderes (no, no puede volar, no cuenta ese poder) y sus piernas actúan como dos resortes que se abren de un sopetón, llevándolo a usted a subirse sobre los bordes de ventanas, ramas de árboles, postes de luz, muros o uniones de ladrillos, tabiques, maderas (depende mucho del material con que estén hechos), etc., casi invisiblemente percibidas por el ojo humano.
Una vez arriba, dese cuenta que el globo cada vez se ve más pequeño, y se va alejando cada vez más de su alcance. Mire fijamente hacia el cielo, con la esperanza de un amante que ansía que lo ame su otra parte.
Siéntase totalmente inútil ante este intento fallido y busque dentro de sí, alguna razón para no sentirse como una reverenda basura y, baje del lugar de donde está. Asegúrese de que su autoestima no esté por los suelos. En caso de que el globo haya pertenecido a un niño, trate de ignorar su mirada triste y vacía ante una ilusión que desapareció, reprochándole a usted que es un mediocre.
Después de consolarse a sí mismo o a la otra persona o personita, siga su camino, e intente reparar su error, comprando un nuevo globo, hasta más grande (sólo para levantar su autoestima) y leyendo las instrucciones de "cómo asegurar muy bien un globo a una mano".

Incendio

Mi mamá un día me dijo que nunca jugara con fuego, pero eso fue hace mucho tiempo. Ya soy adulto, sin embargo, siempre me ha ganado la curiosidad de probar cosas nuevas. El fuego, como tal, siempre se me ha hecho el mejor broche de oro de mis aventuras. Me gusta divertirme y disfrutar, todo con su respectiva moderación, pero respecto al fuego, el placer siempre ha estado presente.

Mi mamá nunca se enteró que un día junté todos mis juguetes de la infancia y, con los cerillos de la cocina, poco a poco les prendí fuego. Fue un espectáculo espléndido: los botones que sustituían los ojos de mi osito, se derretían y deformaban la mirada dulce con la que me miraban; sus sonrisas inocentes se derretían formando muecas grotescas típicas de una película de terror; sus cuerpos se reducían a nada mientras se alimentaban las llamas, y sus vidas se consumían rápidamente en el centro de la hoguera, viajando hacia arriba, inmersas en una nube negra.

No olvido el placer que me dio, no lo olvido porque hasta la fecha lo sigo haciendo. Esta vez, no son los juguetes los que se retuercen y se deforman, sino los cuerpos desnudos y sensuales de aquellas mujeres que vaciaron mi ser con tremendo deseo y necesidad. Las amarraba, las poseía, gritaban, gemían, disfrutaban de mí y cuando llegaba el final, se quedaban tendidas sobre la cama, sudorosas y extasíadas. Al momento en el que cerraban los ojos y se mordían los labios, buscaba la botella de whisky.

La abría con los dientes mientras desnudo me paraba enfrente de la cama en donde ellas seguían amarradas. Le daba un trago a la botella y el segundo se los escupía en todo el cuerpo. Veía correr las gotas del color ámbar sobre la piel y repetía la acción. Algunas veces, en ese momento, me daba un impulso de recorrer mi lengua por el abdomen, disfrutando del whisky combinado con el sudor, las besaba y me apartaba. Les acababa por vertir todo el whisky, ellas sonreían, cada una de ellas, cada una de esas antorchas sensuales que conseguía alguna que otra noche. Les parecía excitante, pero no tanto como a mí.

Con un cerillo prendido en la mano y ya con pantalón y camisa, las contemplaba. Sus expresiones cambiaban de un momento a otro, dejaban de sonreír, ya sentían el miedo. Tratando de desamarrarse, con desesperación y lágrimas en los ojos, se movían como lo habían hecho conmigo entre sus piernas.

Me excitaba y lanzaba el cerillo. Sus caras se deformaban grotescamente, sus ojos perdían su brillo; sus labios sensuales propagaban gritos; sus cuerpos se consumían en el centro de la cama, y su alma se escapaba viajando hacia arriba, inmersa en una nube negra que se escapaba por la ventana.