En una mañana soleada, Tomás, un niño peculiar de ocho años recién cumplidos, salió a su jardín para recostarse en el césped y empezar a divagar.Tenía el cabello oscuro y brillante que contrastaba e iluminaba su faz y, ojos verdes del tamaño de una nuez, que, por muy picarescos, siempre decían la verdad. Su sonrisa era infantil y sincera pero algunas veces la esconde, como el día de hoy.
Está triste. Siente que no hace nada sobresaliente como sus compañeros de la escuela: Omar, por ejemplo, es el mejor en la clase de deportes (siempre gana todas las competencias entre los demás del salón, las que sean); Pablo es la estrella de la clase de ortografía (en todos los exámenes, saca 10); María, sin duda, es una "pistola" en la clase de matemáticas (todos la consideran una "ñoña", pero Tomás verdaderamente la admira), hasta Sarita, la niña más bonita del salón, puede hacer las más grandes, mejores y perfectas bombas de chicle (un día Tomás lo intentó, pero el chicle se le cayó y todos se burlaron de él). Él nunca ha hecho nada "padre". Una vez estuvo a punto de ganar el concurso de ciencias, haciendo un magnífico volcán efervecente, pero como siempre, se le olvidó empacar en su mochila las pastillas por andar leyendo hasta tarde, historias de Indiana Jones. Ese día, cómo maldijo al Dr. Jones.
Se encontraba viendo al cielo, cuando por fin algo se le cruzó por la cabeza: "¡Claro! Seré como Indiana Jones. ¡Seré un arqueólogo!". Se levantó y salió disparado hacia su recámara. Diez minutos después,y él ya estaba vestido con su disfraz de Indy Jones, que su mamá le había comprado el año pasado.
Con pala y cubeta en mano, salió de nuevo al jardín. Contó tres pasos de donde estaba la tumba de "Marvin", el gato de su hermana, que se murió tras confundirse con los peluches que estaban sobre su cama (qué iba a saber él que el gato estaba ahí cuando aventó su mochila al llegar a casa).
Comenzó a cavar, "duro y dale, duro y dale". Por fin tocó algo extraño: unos guijarros blancos, cubiertos y recubiertos con tierra mojada y lombrices; no se podían identificar en el momento, entonces, Tomás fue extrayendo estos restos tan extraños, los fue limpiando cuidadosamente y el corazón le comenzó a acelerar.
-Son huesos...- murmuró atónito, mientras sostenía un pequeño cráneo con diminutos dientes afilados. Sus ojos se le iluminaron y siguió cavando.
-He encontrado un..¡dinosaurio! - exclamaba emocionado, mientras se imaginaba la noticia en el periódico, publicando su joven descubrimiento.
Confrome iba cavando y descubriendo más de aquellos restos, se sentía cada vez más incómodo, algo le resultó familiar: encontró el pequeño collar de su iguana, Óscar, que hace ya unos meses, "salió de vacaciones a la playa", según sus papás.
Sintió que se le revolvía la panza, y poco a poco fue uniendo las piezas de un rompecabezas muy confuso.
No era un dinosaurio lo que había encontrado, era su mejor amigo, su mascota, era Óscar, su iguana.
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