Exclamamos libertad, aquellos que estamos sumergidos en la hilera de personas a la espera de las órdenes de una institución. Nos gusta diferenciarnos por adaptarnos a corrientes que navegan en contra de lo prefabricado.
Nos molestan todo tipo de relaciones hipócritas que se basan en beneficios personales, vacías y sin un claro ejemplo de hermandad; les sobra esa pantalla de pensamientos racionales, instantáneos y efímeros.
Nos molestan las críticas absurdas que recalcan nuestra poca esperanza en el sistema de comodidad – en el que la mayoría de nosotros nos han instruido – que rechaza, sin piedad, a cualquier persona que no se guíe bajo los mismos parámetros.
¿Por qué seguir ciertas normas de conducta, si nunca van a evolucionar? Son cerradas y herméticas –lo que está, está –haciendo que las voces de distintos cuerpos se callen y se aparten del sistema, para no atrofiar la producción de personas “infalibles”, prediseñadas para habitar dentro de un corral que satisfacerá sus necesidades más efímeras.
Nos molesta que dentro de esos parámetros no existan las palabras “cultura y arte”. ¿Por qué no las hay? ¿Acaso el ser humano no está hecho para apreciar la belleza en otras cosas que no sean las que aparecen en la televisión? Y cito a División Minúscula: “es tan difícil pensar en estos tiempos, donde la televisión es la palabra de Dios”.
La naturaleza misma crea a los seres humanos con libertad y pensamiento; con aptitudes y talentos únicos para apreciar la oportunidad de abrir los ojos y distinguir formas y colores; los equipa con un cerebro, el más apto de todos los animales, sin embargo, el ser humano deja de apreciar todos estos detalles cuando deja que otro controle su vida bajo otras condiciones. ¿Cuándo la naturaleza firmó un contrato de “fabricación”: Yo los hago, tú los perfeccionas?
Nos molesta esa búsqueda de perfección en la que todos nos sumergimos: nos alienta a volvernos locos por hallar el punto clave de nuestra existencia. Creemos en lo que las instituciones dicen para encontrar ese punto, casi divino y utópico, en el que alcanzaríamos la admiración de alguien que aún no la ha conseguido. No existe. La perfección reside en la mera imperfección del ser humano.
El sistema ignora a los productos con imperfecciones (de acuerdo a su producto modelo); los encierra en el almacén oscuro y marginado, olvidándose, casi por completo, de ellos; ignora que son elementos esenciales para el equilibrio de la naturaleza humana. Dentro del almacén, encontramos a los productos rechazados por opinar que las propuestas del “jefe” pueden tener un cierto margen de error; por tener el nivel de sensibilidad muy alto o muy bajo; por pensar más allá del producto mismo, y saber que su inteligencia es lo suficientemente apta para regirse a sí mismo.
Nos molesta que los etiqueten como: artistas, filósofos, escritores, “buenos para nada”, rebeldes, músicos, idealistas, soñadores, y –mi favorita- “unos muertos de hambre” (no existirían estos arquetipos si a alguien no se le hubiera ocurrido que, el ser humano “modelo” es aquel que crece dentro del rebaño lineal). Encerrados dentro del almacén es donde viven, pensando en las mejores formas para salir y cambiar, aunque sea un poco, el raciocinio de los productos favorables.
Nos molesta sentir la soledad de aquellos productos que no están hechos para sentirla. Se esconden en relaciones de cartón, ficticias y sin pasión; en empleos que sólo abusan de su productividad para el beneficio propio de las compañías, y a cambio, reciben una contribución para seguir alimentando sus más frívolas necesidades; en aquellos modelos alterados físicamente post-producción, para resaltar el grado estético perfecto, puramente ficticio. La belleza no se encuentra en lo artificial, sino en la representación de la esencia del ser humano y en lo que hay detrás de los detalles que nadie se detiene a observar.
Yo, particularmente, estoy molesto por la falta de riesgos, peligros, aventuras, “cosas al chingadazo”. Me he dado cuenta que es difícil salir a la tangente, y no por miedo, sino por la sensibilidad de un producto defectuoso. Una relación que no es de cartón, es de sangre pura. Estoy molesto conmigo mismo, cansado de pensar todos los días en lo mismo y ver como éstos pasan sin decir nada, sin ser nada.
“Eso está mal. Está mal que pienses eso.” ¿Pensar en la soledad? ¿En querer estar solo un tiempo? ¿Mal? ¿Quién dice que está mal? ¡¿Quién?! Somos personas diferentes desde que nacimos, queremos otras cosas que unos no. Soy idealista y quiero alcanzar el límite de mi propia verdad. Crearla con mis propias manos, guiándome por los que quiero, por lo que me gusta, por lo que quiero hacer. Alejándome, poco a poco, de una institución de sangre, que, sin más poder, comienza a perder el control sobre mí.
“Todo a su tiempo”.Ya, es hora. Llevo escuchando eso desde hace “tiempo” y, además, sólo es una excusa para alejar las acciones que pueden llegar a cambiar el ritmo de nuestras vidas y sacarnos de nuestra “zona de confort”.
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